iglesia evangelica tenerife

ATENCIÓN PLENA AL CUERPO (PARTE 3)

Te doy gracias, Señor, por el sentido del oído. 

En el interior del hueso denso de la base de mi cráneo (el oído interno), has colocado filas de pequeños pelos que se doblan al movimiento del fluido que los baña. Demasiado frágiles para ser expuestos al tumulto del mundo exterior, sienten vibraciones filtradas por canales (el oído externo) y mediadas por diminutos instrumentos óseos protectores (el oído medio).

  • La música y las voces llegan a mí sin esfuerzo, despertando sin mi pensamiento consciente recuerdos de sonidos y palabras. Oigo el eco de un concierto al que asistí hace tiempo, o recuerdo a una persona que hacía tiempo que había olvidado cuyo rostro viene de pronto a mi mente, evocado por un tono de voz o un deje de risa que revive un recuerdo. El diseño que hace que tal maravilla cobre vida está más allá de la comprensión de la ciencia, pero Dios, mi Señor, impide que disfrute del éxtasis de la música y la alegría del sonido sin darte gracias. 
  • Todo lo que habría poder pedido era la capacidad para escuchar lo suficiente como para alertarme contra el peligro y proteger mi vida, pero tengo una alegría mucho mayor de la que necesito. Te agradezco ahora por el sonido del agua corriendo, por el canto de las aves, por el suave usurro de un amigo. Concédeme la sabiduría para proteger bien este regalo y  estar satisfecho con el sonido que sea suficiente para mis oídos, y no hacer estallar mis tímpanos y romper los capilares más finos con sonidos amplificados más allá de lo natural. Enséñame a amar el silencio de los espacios abiertos, el canto distante del búho, y los suaves sonidos del anochecer que me hacen dormir, sabiendo que mis oídos nunca duermen, sino que permanecen despiertos para alertarme del peligro, y los sonidos del amanecer.
  • Tú me has dado, también, un regalo más allá del sentido del oído: la habilidad de escuchar. Mi mente puede silenciar el ruido que no quiero escuchar y hablar, incluso puedo pedir ayuda. Concédeme, oh Señor, que pueda sintonizar mi mente oyente para detectar la voz humana que necesita un oído atento. Escuchar es mi regalo a ofrecer. Tengo un modo de devolver esperanza a un alma que la ha perdido, cuyo futuro es sombrío, cuyo sentido de valor se ha desmoronado y es demasiado débil para recuperarse. Puedo hacerles saber que a alguien le importan. Puede que todo lo que necesiten sea la imple expresión de sus temores, porque una vez que han sido compartidos, ya no están solos. Ayúdame, Señor Dios, a escuchar a tus hijos solitarios y expresarte así mi gratitud por unos oídos que pueden escuchar.

Del Libro:  Formidablemente y maravillosamente:  La maravilla de llevar la imagen de Dios – 
Philip Yancey con Dr. Paul Brand

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