iglesia evangelica tenerife

Atención plena al cuerpo (Parte 2)

Te doy gracias, Señor, por el regalo de la vista. No conforme con que yo pudiera distinguir las luces y las sombras, me has bendecido con el éxtasis del color, con millones de células en el fondo de mi ojo, cada una calibrando la longitud de onda de color. Diseñaste lentes vivientes, cristalinas, flexibles, guiadas por diminutos músculos que permiten un enfoque preciso e instantáneo. Te alabo por las lágrimas que limpian, y por los párpados listos para parpadear según un reflejo de una fracción de segundo. 

Señor Dios, me maravilla que, aunque la luz nunca entra en mi cerebro, miles de los más finos nervios trasmiten imágenes de la realidad a mi mente, que las almacena para una futura recuperación. Llevo conmigo un banco de recuerdos de amigos, hijos y nietos; cierro mis ojos y mi mente recrea las imágenes que esos nervios hicieron pasar una vez. 

Conozco a muchas personas que ya no pueden ver. Si sigo viviendo una vez las células por las que percibo la luz ya no me funcionen, o si las cataratas nublan el globo brillante que me da la vista, yo también viviré en oscuridad y dependeré de los ojos de aquellas personas que ven. Ayúdame, amado Señor, a utilizar estos días de visión de modo que honre el regalo de la luz. Ayúdame a contemplar con asombro cada puesta de sol como si fuera la ultima, a mirar los paisajes y a mis amigos con los ojos de un artista, recopilando un banco de amor y belleza. Si algún día pierdo tu regalo de la vista, esas mismas imágenes pueden volver y embellecer mi vida interior cuando todo a mi alrededor caiga en la oscuridad. 

Y mientras veo, que mi mano esté presta a ayudar a quien titubee porque su mundo es oscuro, a compartir con otros el regalo de la vista.

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